La IA escribe rápido y con buena ortografía. Ese es justamente el problema: un borrador puede leerse perfecto y tener un precio equivocado, una norma que ya no existe o un consejo que tu empresa nunca daría. Nadie lo nota hasta que lo nota un cliente.
Google no castiga un texto por estar escrito con IA. Lo que pide es lo mismo que a cualquier contenido: que sea útil, correcto y hecho para personas. Y sobre la IA en particular, es explícito: hay que verificar los datos y revisar todo el contenido generado antes de publicarlo. Esta es la lista que usamos para hacerlo.
- Revisa primero lo que puede salir caro: cifras, precios, fechas, nombres y cualquier afirmación que alguien pueda comprobar.
- Pregúntate qué aporta el texto que no esté ya en otras diez webs. Si la respuesta es nada, falta lo propio: tu experiencia, tus datos, tus ejemplos.
- Decide con criterio claro si se publica, se corrige o se descarta, y anota quién lo revisó y qué cambió.
Antes de revisar: qué tiene que traer el borrador
Una revisión rinde mucho más si el borrador llega con tres cosas:
- Para quién es y qué pregunta responde. Si no está claro, no hay forma de juzgar si el texto cumple.
- Las fuentes que usó. Enlaces concretos, no «según estudios». Sin fuentes, cada dato hay que buscarlo desde cero.
- Lo que tu empresa quiere decir. Qué recomiendan, qué no hacen, qué ejemplo propio encaja. La IA no lo sabe si nadie se lo dice.
Si el borrador no trae esto, es más barato pedirlo de nuevo que revisarlo.
La lista, en seis bloques
Repásala en este orden. Los primeros bloques son los que más daño hacen si fallan.
1. Datos: lo que puede salir caro
Un modelo de IA no busca datos: predice qué palabras suelen ir juntas. Por eso Google advierte que sus resultados pueden contener imprecisiones. Marca en el borrador todo lo que se pueda comprobar y compruébalo uno por uno:
- Cifras y porcentajes, con su período y su fuente. «Las ventas crecieron» no dice nada sin cuánto, entre qué fechas y según quién.
- Precios, plazos y condiciones de tu propia empresa. La IA no conoce tu lista de precios actual.
- Leyes, normas y requisitos. Cambian, y la IA puede citar una versión vieja con total seguridad.
- Nombres de productos, marcas, personas y empresas, bien escritos y en el rol correcto.
La regla es simple: lo que no se puede verificar, no se publica.
2. Fuentes: que existan y digan eso
Abre cada enlace. Pasan dos cosas con más frecuencia de la que parece: el enlace no existe, o existe pero dice otra cosa. Prefiere la fuente original (la ayuda oficial, el estudio, la norma) a un artículo que la resume.
3. Lo propio: por qué alguien lo leería en tu web
Esta es la pregunta que más textos tumba. Google pide en su guía de contenido útil y fiable información, investigación o análisis originales, y experiencia de primera mano. Un borrador de IA, por definición, resume lo que ya existe.
Lo que lo convierte en tuyo:
- Un ejemplo de tu trabajo, aunque no lleve cifras.
- Un criterio propio, dicho como tal: «nosotros lo hacemos así, y por esto».
- Lo que no recomiendas, y por qué.
- Un dato tuyo, con su fuente y su período.
4. Utilidad: que sirva para algo
Lee el texto como lo leería tu cliente. ¿En el primer párrafo sabe si está en el lugar correcto? ¿Al terminar puede hacer algo que antes no podía? ¿El título promete lo que el texto cumple, sin exagerar? Si hay párrafos que se podrían borrar sin que nadie los extrañe, se borran.
5. Voz: que suene a tu empresa
Los textos automáticos se delatan por la repetición: las mismas aperturas, los mismos cierres que resumen lo ya dicho, adjetivos que no dicen nada. Más grave que eso es el tono equivocado: una promesa de resultado que tu empresa no haría, o un «garantizado» donde lo honesto es «depende».
6. Lo que no se ve, pero también se publica
Google aclara que la revisión también se aplica a los metadatos: el título que aparece en el buscador, la descripción, los datos estructurados y el texto alternativo de las imágenes. Son lo primero que ve alguien en Google, y a menudo nadie los revisa.
Y la firma. Google considera engañoso inventar autores o credenciales. El texto lo firma una persona real, que lo revisó y responde por él.
Cómo se aplica a una ficha de producto y a un artículo
La lista es la misma, pero cambia dónde mirar con más cuidado. Lo que sigue es un ejemplo ilustrativo, no un cliente.
Si vendes con Google Merchant Center, ten en cuenta que tiene reglas propias para los datos de producto y las imágenes generados con IA.
Publicar, corregir o descartar
No todo borrador merece arreglarse. Decidirlo con criterio claro evita pasar una hora salvando un texto que no valía la pena:
Un detalle práctico: si el mismo tipo de error se repite en varios borradores, el problema no está en la revisión sino en las instrucciones que recibe la IA. Conviene corregirlas allí.
Deja registro de quién revisó
Basta una hoja de cálculo con una fila por texto:
- Fecha y texto revisado.
- Quién lo revisó.
- Decisión: publicado, corregido o descartado.
- Qué se cambió y qué fuentes se verificaron.
Sirve para dos cosas. Si un cliente señala un error, sabes cuándo se publicó y quién lo vio. Y al cabo de unos meses, ves qué errores se repiten y qué hay que cambiar en el proceso.
Si la IA tuvo un papel importante en el texto, Google también sugiere contar cómo se hizo cuando el lector podría preguntárselo. No hace falta esconderlo: lo que importa es que el texto sea correcto y útil.
Cómo lo hacemos nosotros
En nuestros flujos de contenido, la revisión editorial la hago yo, como responsable de contenidos. Cuando el tema es técnico o delicado, la revisión del contenido la hace quien sabe de la materia. En el blog automatizado del sector salud o psicología que llevamos en colaboración, el flujo limpia el código y adapta el texto a la voz de la empresa, y la revisión del contenido la hace el equipo del cliente, que es quien conoce el tema.
Esta lista no reemplaza ese criterio: lo ordena. Y si todavía estás decidiendo qué tareas conviene pasar a la IA y cuáles no, empieza por automatizar procesos con IA: qué sí, qué no.


